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jueves, 17 de julio de 2008

LA CONSERVA Y EL ORATORIO

Se anunció una noche larga de insomnio cuando me vi rodeada de fantasmas a cada paso dado por tan tétrico lugar. Me detuve a observar el entorno en un jardín central y el césped quemó mis pies con sutileza para sugerirme salir corriendo de ahí. Fuera del contorno con vegetación, se oía el constante aullido aterrador emanado por un pequeño monstruo bien afinado a quien le contestaba otro con un entonado rugido desde el lado contrario. Estaba rodeada, esas voces me amenazaban. Los árboles cobraron vida y, asimismo, me produjeron pánico con su actitud tortuosamente indagatoria que buscaba a toda costa un juicio y un castigo contra mí.

Corrí desbocada para evitar la reflexión, sin reparar en los espíritus que se impactaban contra mi cuerpo a cada zancada. Evité voltear, aunque más de una vez la curiosidad y el morbo fueron más fuertes que yo, y vi de reojo esas imágenes desgarradoras a mis espaldas. Quise abandonar aquel perímetro horroroso a la brevedad, pero la marcha se detuvo ante la presencia de un hombre en mi camino, al cual no pude ignorar. Su aspecto era oscuro, tanto en la ropa como en la piel y sus movimientos, pues los músculos de su rostro se contraían simulando una agradable sonrisa, pero sus ojos revelaban el fuego de una hoguera dispuesta a quemarme viva y hacerme retorcer frente al vasto público de espectros que me rodeaba. Aun así, fui presa de un sentimiento de afecto por el hombre, pese a que estaba consciente de que al dejarlo y dar la media vuelta, su ser se mezclaría con los otros entes y cambiaría la forma que lo hacía acreedor de mi abrazo por esa que en la noche me aquejaría con pesadillas despierta.

Huí de la intemperie y entré en la oscuridad de un recinto. Buscaba a alguien pero sólo hallé adentro el sonido y las imágenes translúcidas del recuerdo. Además, no pude buscar con meticulosidad, apenas me asomé en el sitio con una actitud temerosa similar a la de un niño que despierta a la media noche en plena oscuridad y sin sus padres. Así me desplacé hacia la luz, con soberbia velocidad para que nadie notara mi pánico. Lo logré. Los espectros quedaron atrás, aunque todavía se escuchaban sus voces, rugidos y lamentos.

Abordé mi carro y pisé el acelerador dando volantasos para no chocar sin disminuir la velocidad, de forma que pudiera alejarme de esa pesadilla. Pero fue peor. El sol brillaba y me quemaba, mi boca estaba seca en su totalidad y yo no tenía agua qué beber; el camino se transformó en interminable laberinto a pesar de haberlo transitado tantas veces antes, pues las brechas se cerraban mediante muros ilógicos, haciéndome retroceder y volver al mismo lugar siempre. Intenté abrirme camino por otro rumbo pero fui embestida por salvajes en cuatro ruedas que me expulsaron de la ruta hacia las colindancias terroríficas. No podía salir y me sentí perdida.

Por fin una esperanza brilló cuando una nube ocultó al sol. Pude esquivar bestias interpuestas. Ya no había muros que cerraran el paso y encontré una referencia para encaminarme de forma atinada. Todo se oscureció pero me sentía un poco más a salvo. Conduje durante largo tiempo albergando mareos y náuseas al grado de que en algún momento sentí desfallecer, pero llegué sana. Intenté relajar el cuerpo y las ideas mediante pensamientos que nada tuvieran que ver con lo vivido, pero los fantasmas del tiempo son omnipresentes en el mundo y continuaron con el acecho. Cuando entré en mi habitación éstos se manifestaron de nuevo. Intenté dormir pero atacaron bruscamente sin piedad, me golpearon, me torturaron. Me aplastaban y asfixiaban, apretaban mi cuello por el surco de la almohada; batían mi espalda, apretaban mi cabeza.

Comencé a agonizar. Oí reproches, amenazas e insultos que, junto con el dolor físico, hicieron manar abundantes lágrimas de mis ojos. Aquellos entes no se iban ni en la luz ni en la oscuridad, ni en mi espacio ni en el suyo natal. Era tiempo de comenzar a orar pero ¿qué oración usar si no creía en Dios? El Padre Nuestro era obsoleto y no podía salir de mi ser con sinceridad.

Ya alucinaba y casi moría cuando, con el último cúmulo de aire, de mi garganta salieron unas palabras escondidas en lo más profundo de mi esencia:

La identidad incluye un conjunto de valores compartidos al interior de un grupo que son necesarios para su autodefinición. Para los simbolistas estos valores podrían traducirse como símbolos entendidos por los miembros de ese grupo. Para que haya identidad se requiere de una historia en común, no como pasado sino como proceso, que le ha provisto a los miembros del grupo, un entendimiento entre sí. Sin ello, sólo existe un no grupo y la perdición de los individuos en el miedo hacia el otro.

De inmediato, el aprisionamiento asfixiante se tornó en dulce caricia y los rugidos espantosos se convirtieron en suaves arrullos. Las presencias fueron entonces ángeles guía. La muerte inminente se transformó en porvenir definido. Así supe que no debía volver a ese sitio de fantasmas que visité por la tarde, hasta que llevara conmigo a mis propios ángeles y pudiera comprender que su existencia sería en gran medida gracias a los que me atacaban horas antes. No debía volver hasta que bajara mi defensa y dejara a un lado las provocaciones, hasta que pudiera escuchar afinadas escalas musicales en lugar de aullidos aterradores. Podría volver cuando pudiera aceptar el virtuosismo en vez de entender ataques destructivos del virtuoso y estar consciente de que ese en ocasiones podía ser yo.

A partir de ese día, los espectros arribaron a atacarme y torturarme de vez en cuando, pero la muerte todavía no me ha alcanzado.

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