Se ha producido un error en este gadget.

domingo, 22 de marzo de 2009

Educación ¿Libertad o nuevo sometimiento?

En México, en medio del conflictivo siglo XIX, durante los años que siguieron al logro de la independencia, como es bien sabido, la pugna por el poder en ese país se encontraba entre los liberales y conservadores, cada bando con su propia visión de cómo debía ser llevada la nueva nación en formación. Los tintes, para cada uno, estuvieron influidos por diferentes intereses. Los liberales en gran medida querían un cambio más notorio con respecto al régimen colonial, deseaban una independencia y la verdadera formación de una nación libre. Los conservadores querían continuar administrados por un poder central, una monarquía que mantuviera vivo el sistema de linaje real, incluso si para ello tenían que importar a un gobernante desde Europa.

La anterior caracterización, muy somera, provee una vaga idea de lo que diferencia a una tendencia de otra, aunque en realidad también existían puntos compartidos entre liberales y conservadores que se pueden leer manifiestos en las constituciones de 1824 y 1836. Uno de estos puntos es la religión que debía ser profesada en México, misma que para las leyes de ambas partes se trataba de la católica y, al menos para la época de estas constituciones, la propuesta de que en la administración del gobierno existiera el poder ejecutivo, legislativo y judicial, con la diferencia de que para la constitución de 1836, conservadora, existía una instancia que se sobre ponía a los tres poderes: el supremo poder conservador, órgano que centralizaba el poder por completo.

Una de las diferencias fundamentales entre liberales y conservadores era justamente la no centralización del poder para los primeros en contraste con los segundos, de ahí que otro término para nombrar ambas posturas haya sido federalismo y centralismo. Pero la mención de estas obviedades en el contenido de este breve ensayo no es otro que introducir a la temática central de él y es la de la educación, un tema, cuyo énfasis ha caracterizado al liberalismo que, para Camarena, “…como doctrina era racionalista y secular, preconizaba la capacidad del hombre para entender todo y resolver cualquier problema utilizando únicamente la razón. La explicación de las cosas era a través del empirismo, no como algo divino, sino generado por el hombre, cuya explicación estaba en función de éste”.[1]

Pero ¿qué había detrás del discurso liberal que ponía especial interés en ilustrar al pueblo y poner la razón antes que otra cosa? Tal vez valdría la pena cuestionarse si, a través de la educación y la razón, en realidad los liberales buscaban promover la libertad de los mexicanos, es decir, dejar de ser una nación que estuviese bajo el yugo de un dominador y encontrar una en la que todos fueran iguales e hicieran valer sus derechos, mismos que conocerían a través de la educación, como lo planteara Ramos Arizpe en 1812[2].

Aún cuando lo anterior hubiera sido el plan dentro del discurso federalista, hay que poner en duda su verdadero contenido, su verdadero fin o si éste pudo ponerse en práctica en realidad pues, es claro que hoy día, estando México constituido como una federación, el tema de la educación es todavía de oscuro panorama, a pesar de que las leyes constitucionales de nuestro presente tengan por derecho de todo mexicano la educación laica, gratuita y obligatoria.

La génesis del artículo 3° constitucional del México actual, sin duda se encuentra en el pensamiento liberal del XIX, sobre todo de la tercera década en adelante, cuando poco a poco la iglesia católica se fue echando a un lado. Pero, es probable que lo turbio de la realidad presente también tenga su origen ahí y esa parte es la que concierne a los sectores más aislados de la sociedad mexicana, aquellos que poco saben de su condición de mexicanos: el mundo rural, en particular las sociedades indígenas. La educación provista por el Estado ¿De verdad los vuelve iguales, les da voz y voto, los torna libres? Es eso justo lo que no se ve con claridad.

Lorenzo de Zavala, un historiador de la época, puede ayudar a dar comienzo con la respuesta de estas preguntas. Si bien este personaje, al menos en su Ensayo histórico de las Revoluciones de México. Desde 1808 hasta 1830, en apariencia no da una postura política sino un panorama histórico del periodo, es claro que a lo largo de cada afirmación, de cada recuento de los hechos acaecidos en el país, suelta una postura clara, una protesta relacionada al régimen colonial que, de paso, también iba en contra de la postura conservadora.

El sistema colonial establecido por el gobierno español estaba fundado: 1°, sobre el terror que produce el pronto castigo de las más pequeñas acciones que pudiesen inducir a desobediencia; es decir, sobre la más ciega obediencia pasiva, sin permitirse el examen de lo que se mandaba, ni por quién. 2° Sobre la ignorancia en que se debía mantener a aquellos habitantes, los que no podían aprender más que lo que el gobierno quería y hasta el punto que le era conveniente. 3° Sobre la educación religiosa, y principalmente sobre la más indigna superstición. 4° Sobre una incomunicación judaica con todos los extranjeros. 5° Sobre el monopolio del comercio, de las propiedades territoriales y de los empleos. 6° sobre un número de tropas arregladas… [3]

Los seis puntos anteriores, más que un simple recuento histórico del sistema colonial, revelan de manera clara una postura de protesta y sugieren también los ideales del discurso liberal. En particular, para fines del presente ensayo, el segundo punto llama la atención porque insinúa la necesidad de educar, precisamente para que el gobierno no manipulara a la población a través del desconocimiento. Páginas más adelante, dentro del mismo texto, Zavala lo reafirma y además sugiere que la educación es necesaria para lograr la igualdad, un derecho que, según él, fue el principal triunfo de la revolución. Sin embargo, cuestiona la verdadera puesta en práctica de ese derecho, que es obstaculizado justo por la carencia de educación, “sin cuya ayuda las más felices disposiciones son enteramente estériles [pero] dista mucho de ser accesible sin distinción a todos. La educación es todavía un privilegio que depende de la fortuna de las familias, y la fortuna es un privilegio que está muy lejos de ser proporcionado al mérito de las personas que la poseen”. [4]

Zavala parece estar consciente de que el acceso a la educación es difícil y se encuentra lejos de estar en igualdad de alcance para todos, por lo tanto, el tono de sus palabras critica eso y propone que eso debería dejar de ser así. Pero ¿Cómo lograrlo? La provisión de conocimiento por parte del Estado sería difícil de por sí, en un país tan fragmentado, con tan grandes zonas incomunicadas de los centros urbanos o de las poblaciones más o menos urbanizadas. Todavía gran parte de los mexicanos vivían en el sector rural de manera pobre. A diferencia de la época colonial, el clero regular ya no tomaría partido directo en la tarea de enseñar (fuera de la forma que fuera) y mucho menos encontraría el pensamiento liberal un aliado clerical para sus propósitos de ilustración, pues tal parece que es precisamente en estos años, más o menos durante la tercera década del siglo XIX cuando comienza a acentuarse el desligue paulatino con respecto a la iglesia. Si bien, todavía la citada constitución del 24 expresaba la disposición del Estado por mantener la religión católica como única permitida en México, ya para la década de los treinta se comenzó a notar en la literatura de los políticos liberales de la época. Mariano Otero[5] evidencia esta tendencia al dedicarle varias páginas dentro de su ensayo a la cuestión del poder civil del clero que se estaba disolviendo. A diferencia de los primeros liberales del periodo independentista, los de estos años ya se apartaban más de lo religioso, tal vez porque también lo religioso se estaba desvinculando un poco de la educación de estos pensadores, aunque todavía muchos de ellos habían realizado sus estudios con los religiosos.

En general el texto de Zavala es el perfecto ejemplo de la tendencia que hubo durante el periodo post independencia de usar la historia para enseñar, para “promover el bien de los mexicanos, enseñándoles a conocerse, y a conocer a los que han dirigido sus negocios…” Todo el siglo XIX estuvo matizado por esta intención desde la literatura creada por los liberales, misma que no sólo se trató de la redacción de ensayos diversos (históricos o políticos), sino que estuvo plasmada también en obras poéticas y literarias, la mayoría de las veces producidas por los mismos personajes involucrados en el ámbito político. Éste era el caso de Manuel Payno, Guillermo Prieto y Justo Sierra O’Reilly, quienes en sus obras, plasmaban la historia colonial en sus diferentes aspectos o las características de la nueva nación. Sin duda la historia era maestra de vida y ésta se ejercía también a través de las novelas. Pero ¿historia para quién? Los sectores que tenían acceso a esta literatura no eran todos los habitantes del territorio mexicano, no todos sabían leer, no todos hablaban español. La historia como maestra era elitista y en efecto educaba a la élite política o futura élite política, cultural y artística, aquellos que a fin de cuentas sentarían las bases para conseguir formar la nación y homogeneizarla. En efecto, la educación era un proyecto, un proyecto a largo plazo para involucrar a los más de los habitantes de México, educarlos enseñando la lengua elegida como nacional, la historia que les representaría como pertenecientes a un país, aun cuando sus orígenes fueran distintos a los de los nómadas que formaron la gran Tenochtitlan. Es justo desde esta perspectiva dual de la educación para los liberales que en el presente ensayo se cuestiona la idea de libertad verdadera pues, se cree en estas líneas, que el fin del régimen colonial y el triunfo de los liberales en distintos momentos del siglo en cuestión, no son sinónimos en absoluto del fin de la subyugación del pueblo, sino el inicio de una forma distinta de sometimiento de un pueblo por parte de un nuevo Estado.

La homogeneidad no es lo mismo que igualdad y, por tanto, de ninguna manera es inherente a la libertad, sino todo lo contrario. La educación que es promovida por la federación buscó y busca dar un conocimiento pero a costa de otro, el tradicional. Enseñar al total de la población a hablar español, sin duda homogeneíza pero también priva, no hay igualdad de condiciones entre un mestizo de la ciudad y un otomí a quien se le enseña otra lengua distinta a la suya por fuerza.

Estas reflexiones hacen concluir que, si bien una parte del pensamiento ilustrado de los liberales era efectiva, su debilidad, que se manifiesta hasta nuestros días, recae en la búsqueda de la igualdad cuando no la hay. Es un hecho que a través de la escuela el Estado puede manipular y esto finalmente sigue siendo lo mismo que criticaba Zavala del régimen colonial que se sostenía “sobre la ignorancia en que se debía mantener a aquellos habitantes, los que no podían aprender más que lo que el gobierno quería y hasta el punto que le era conveniente”. Colonial o no, el Estado siempre controlará el saber, aunque lo disfrace bien.

BIBLIOGRAFÍA

Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, 4 de octubre de 1824. Título I. Título II. Título III (secciones I, II, III, V). Título IV (Sección I). Título VI.

Leyes Constitucionales de 1836, 29 de diciembre de 1836; Ley primera. Ley segunda. Ley tercera (artículos 1-13). Ley cuarta (artículos 1-20). Ley quinta (artículos 30-51). Ley sexta. Ley séptima (artículos 1-6).

CAMARENA, Mario

1995 “Los trabajadores en búsqueda de la ciudadanía, en Cuicuilco, México, vol. 2, núm. 4 pp. 65-67.

OTERO, Mariano

1986 Ensayo sobre el verdadero estado de la cuestión social y política que se agita en la República Mexicana, México, PRI [1842]; pp. 39-110, 182-185, 189-196.

ZAVALA, Lorenzo de

1981 Ensayo histórico de las Revoluciones de México. Desde 1808 hasta 1830, 2 tomos, SRA- CEHAM, México D.F. [1831, 1832]. Tomo I, pp. XXIII-XXXVII. Tomo 2, pp. 301-331.


[1] CAMARENA, 1995, p. 67

[2] ARIZPE, 1812

[3] ZAVALA, 1981: XXXV

[4] ZAVALA, 1981: 313

[5] OTERO, 1986